Una mala imagen de orgullo

Partiendo de la base de que el conflicto entre Israel y Palestina contiene una complejidad difícil de analizar sin la necesidad de escribir un libro que alcanzará un paginario más propio de Don Quijote; no me resisto a comentar la sorpresa que me generó el ataque israelí en aguas internacionales sobre un grupo de activistas. Más allá del acto en si (ya de por si totalmente reprobable) profesionalmente me sorprende como en un mundo donde la importancia de los aparatos de comunicación de los gobiernos (y partidos) son de una importancia imprescindible (pues las velocidades informativas y las corrientes de opinión generan una repercusión de alcance global) hasta el punto de ser el gran censor o consejero gubernamental, se halla permitido que un país, ya de por si carente de amistades internacionales y legitimidad, actuara de una forma que solo podía implicar el alcance de un punto de no retorno en cuanto a la imagen que se intenta dar al mundo.

Las manifestaciones no se han dejado esperar e Israel rechaza cualquier tipo de investigaciones externas (en este caso de la ONU) con lo cual deja clara la única idea que, he de suponer, quieren dar a entender con estas acciones: que son una nación orgullosa, solitaria y autosuficiente. En el mundo de la globalización y la interactuación, no pueden cometer peor error. El aislamiento lleva a la paranoia y la paranoia a acciones de este tipo. El orgullo por norma es el peor de los sentimientos; el sentimiento más sobrevalorado y, por supuesto, prohibido en situaciones de conflicto.

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Opción D: Volvamos a empezar.

Ahora que ha pasado la tempestad, parece mejor momento para poder reflexionar sobre la consulta ciudadana sobre la remodelación de la Diagonal.
Con el fin de dejar unos días para intentar tener mejor perspectiva y algún resquicio para el optimismo; lo cierto es que continúa siendo muy complicado sacar algo bueno del proceso sin volver a las bases o la idea de partir de cero con este tipo de procesos.

El principal problema ha erradicado en la absoluta politización de la consulta. Lo que en un principio se planteaba como una alternativa (más o menos acertada en su planificación –pues opciones A y B no parecían tener grandes variaciones-, pero bien necesaria en su fin) a las obligadas reducciones de contaminación pactadas en la UE para, precisamente, este 2010, se ha acabado trasformando en un sondeo preelectoral (por no hablar de moción de censura) del que todos los partidos, sin excepción, son responsables como bien demuestra los cambios de opinión que se fueron dando a lo largo del proceso según soplaba el viento y la estrategia política.

Resulta paradójico que uno de los grandes debates en el (aun) novedoso mundo de la participación ciudadana se le haya dado la vuelta en este proceso. Me refiero a las sospechas que encubre que los ayuntamientos o gobiernos tengan estos procesos como un medio más de legitimidad; sin más interés ese. Sin embargo aquí nos encontramos con una conclusión evidente: los resultados del proceso han sido la casi certificación del fin del gobierno que inicio el proyecto. Eso si, esta conclusión siempre tendrá un “pero”, y es que la idea de vincularlo a un proceso consultivo fue de ERC, si bien el PSC aceptó sin dar resistencia y es el abanderado de la consulta.

Lamentablemente todo apunta a que los partidos políticos guiaran sus interpretaciones por la premisa de la deslegitimación a la que pueden llevar estos procesos (y más ahora que la ciudadanía los puede concebir como un paripé o instrumento para hacerles perder el tiempo o despistarles de los asuntos sobre los que verdaderamente quieren ser parte activa) en lugar de intentar volver al inicio, a los puntos democráticos, a preguntar por necesidades objetivas en contraposición a proyectos que no son vistos como prioritarios, más en situaciones de crisis como la actual. El desgaste ciudadano parece una evidencia pero eso no ha de ser más que un punto de advertencia, reflexión y regreso; de apostar seriamente por estas vías de necesaria modernización democrática. Y si las grandes áreas metropolitanas o grandes núcleos urbanos no están preparados, es mejor reempezar desde los entes locales más pequeños y aprender de ellos; como si esto requiriera de un federalismo americano en donde las políticas o, en este caso, las medidas o procesos se puedan transferir desde el ejemplo, limpio del juego de partidos.

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